Vale la pena
hacer presente el descubrimiento del psicólogo Robert Ader ( en 1974): el sistema
inmunológico, al igual que el cerebro, pueden aprender. Esto llevó a la
investigación de una infinidad de maneras en que el sistema nervioso central y
el sistema inmunológico se comunican: sendas biológicas que hacen que la mente,
las emociones y el cuerpo no estén separados sino íntimamente
interrrelacionados.
El cerebro y
el sistema inmunológico no son entidades separadas, y ninguna de ellas es capaz
de influir en una sin el funcionamiento de la otra. El campo que estudia esto,
la psiconeuroinmunología, o PNI, es en la actualidad un pionero en la ciencia
médica. Su nombre mismo reconoce las relaciones: psico, o "mente";
neuro, que se refiere al sistema neuroendocrino (que incluye el sistema
nervioso y los sistemas hormonales); e inmunología, que se refiere al sistema
inmunológico.
Una red de
investigadores está descubriendo que los mensajeros químicos que operan más
ampliamente en el cerebro y en el sistema inmunológico son aquellos que son más
densos en las zonas nerviosas que regulan la emoción.
En estudios
realizados con microscopio electrónico se descubrieron contactos semejantes en
los que las terminales nerviosas del sistema autónomo tienen terminaciones que
se apoyan directamente en estas células inmunológicas; en efecto éstas envían y
reciben señales.
En
experimentos con animales se eliminaron algunos nervios de los ganglios
linfáticos y del bazo -donde se almacenan o se elaboran las células
inmunológicas- y luego utilizó los virus para desafiar al sistema inmunológico.
El resultado fue una marcada disminución de la respuesta inmunológica al virus.
Su conclusión es que sin esas terminaciones nerviosas el sistema inmunológico no
responde como debería al desafío de las bacterias o los virus invasores.
Los
microbiólogos y otros científicos, descubren cada vez más conexiones entre el
cerebro y los sistemas cardiovascular e inmunológico, aunque primero tuvieron
que aceptar que existen emociones negativas.
Se descubrió
que las personas que experimentaban ansiedad crónica, prologados períodos de
tristeza y pesimismo (depresión), tensión continua (estrés o ansiedad) u
hostilidad incesante (ira), cinismo o suspicacia implacables, tenían el doble
riesgo de contraer una enfermedad (y acelerar sus procesos) como asma,
artritis, dolores de cabeza, problemas cardíacos (infarto al miocardio); ulceración
del aparato gastrointestinal, ocasionando síntomas de la colitis ulcerosa y de
la inflamación intestinal; daño al hipocampo en el cerebro y por lo tanto a la
memoria; resfríos, gripes (afecciones del aparato respiratorio superior);
herpes: tanto el tipo que provoca llagas en el labio como el tipo que origina
lesiones genitales; dolor crónico; efectos adversos en el sistema
cardiovascular.
Cuando las
emociones nos ayudan a prepararnos para enfrentarnos a algún peligro nos han
prestado un buen servicio. Pero en la vida moderna, es más frecuente que las
emociones que nos perturban, se produzcan ante situaciones con las que debemos
vivir o que son evocadas por la mente, no por los peligros reales que debemos
enfrentar y por tanto, abrir camino a la enfermedad... Reflexionemos
y cuidemos de nuestros dos cerebros…